Un solo tema repetido en el Bolero de Ravel
Entre bastidores

Boléro, M. 81

Ravel cuenta lo que hay entre bastidores de Bolero
Me llamo Maurice Ravel, y aquí te cuento la historia que hay detrás de mi Boléro. Vas a saber cómo una obra que yo llamaba Fandango, escrita en el verano de 1928 en Saint-Jean-de-Luz, acabó siendo mi Boléro, y así lo escucharás con otros ojos. En este sitio, mis compañeros compositores y yo te enseñamos también a reconocer nuestras obras en cuanto suenan, así que  anímate con el entrenamiento  cuando quieras.
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Una bailarina con ideas claras

Todo empezó con Ida Rubinstein, que había sido bailarina de los Ballets Russes de Diaghilev y ahora tenía su propia compañía. Ella vino a verme con un encargo muy concreto: quería un ballet de carácter español para ella. Yo acepté el encargo con mucho gusto. Lo que no sabía es que acabaría escribiendo la pieza más repetitiva de mi vida, y que el mundo entero la tararearía.

El plan A se fue al garete

Mi primera idea no era componer nada nuevo, sino orquestar algunas páginas de Iberia, de Isaac Albéniz. Me puse manos a la obra con muchas ganas, pero enseguida vi que aquello no era posible. Entonces me quedé sin música ajena que vestir y tuve que escribir una pieza original. A veces los mejores resultados llegan por la puerta de atrás, y esta fue una de esas veces.

Un fandango con otro nombre

Trabajé en ello durante el verano de 1928, en Saint-Jean-de-Luz, y terminé la partitura en pocos meses. Al principio la obra se llamaba Fandango, que es otro baile español con mucho carácter. Más tarde cambié el título por Boléro, que le sentaba mejor a ese paso tranquilo y constante. Fíjate que ni siquiera el nombre salió a la primera, y eso que la pieza solo tiene una melodía.

El ritmo que venía de las fábricas

Te cuento de dónde sale ese ritmo que no se detiene: me lo inspiraron los sonidos de las fábricas. Allí las máquinas repiten el mismo movimiento una y otra vez, sin cansarse ni cambiar de humor. A mí me parecía que esa regularidad tenía algo hipnótico, y quise llevarla a la orquesta. Por eso el Boléro suena como una máquina muy bien engrasada que, poco a poco, se va llenando de colores.

Una noche movida en la Ópera

El estreno fue el 22 de noviembre de 1928 en la Ópera de París, con Walther Straram al frente de la orquesta. La coreografía era de Bronislava Nijinska, y el escenario tenía todo el aire español que había pedido Ida Rubinstein. Cuando terminó la música, parte del público reaccionó con gritos y pataleos. No todos se quedaron callados, desde luego, pero yo creo que nadie se aburrió.

La señora que me llamó loco

Se cuenta que aquella noche una señora gritó que yo estaba loco. Y dicen que yo respondí, muy tranquilo, que ella era la única que había entendido la obra. No sé si ocurrió de verdad, porque es de esas historias que quizá se han ido adornando con los años. Pero reconozco que, si la inventó alguien, la inventó con mucho acierto.

Mi opinión, que no es la de todos

Yo nunca presumí demasiado del Boléro y lo llamé un experimento en una dirección muy especial y limitada. Decía también que sus temas, de aire popular, eran del todo impersonales y que la obra no tenía contrastes. Añadía que, una vez descubierta la idea de usar un solo tema, cualquier alumno de conservatorio podría haberlo hecho igual. Eso sí: la idea había que encontrarla, y la encontré yo.

Diecisiete minutos sin música

En una nota mía hablé de diecisiete minutos de tejido orquestal sin música, y eso se ha citado muchísimo. También se cuenta que Arthur Honegger me oyó decir que mi única obra maestra era el Boléro y que, por desgracia, no tenía música. Esa frase está recogida de oídas y no hay seguridad de que fuera exactamente así. Lo que sí es cierto es que una interpretación suele durar unos quince minutos, aunque según el director puede ir de trece a casi dieciocho.

Una orquesta con sorpresas

Para una melodía tan sencilla, monté una orquesta enorme, con arpa, celesta y hasta saxofones soprano y tenor. Cada combinación de instrumentos le da a la misma melodía un color distinto, como si le cambiaras de abrigo en cada vuelta. La partitura lleva la indicación Tempo di Bolero, moderato assai, es decir, un paso tranquilo y sin prisas. La editó Durand en París en 1929, ya con el éxito rondando por todas partes.

De la Ópera al hielo y al cine

Con los años, el Boléro se escapó del teatro y empezó a aparecer en los sitios más inesperados. La película 10, de Blake Edwards, en 1979, lo metió de lleno en la cultura popular. En 1984, Torvill y Dean ganaron el oro olímpico de danza sobre hielo con esta música, que ya tenía su sitio en el mundo del patinaje. Yo, que nací en Ciboure en 1875 y me fui de este mundo en París en 1937, nunca habría imaginado semejante viaje.
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Y hasta aquí llega la historia de mi Boléro. Cuando miro atrás, me sigue pareciendo curioso que todo naciera de un encargo para un ballet y de un plan que no pudo ser. Una pieza hecha con tan poco, un solo tema y un ritmo que no se detiene, acabó siendo de las más conocidas que he escrito. Yo mismo la veía como un experimento en una dirección muy especial y limitada, y creo que eso fue justo lo que la hizo tan particular. ¿Te ha gustado conocer la historia de Boléro? Aún queda mucho por descubrir en esta obra: cómo suena cada instrumento cuando le toca su turno, cómo crece el volumen compás a compás y por qué un final tan sencillo puede dejarte sin aliento. Si te apetece seguir explorando, pulsa en los enlaces que tienes a tu disposición y sigue adentrándote en el Boléro a tu ritmo. Yo estaré encantado de que vuelvas a escucharlo, porque esta música, igual que el tambor del principio, nunca se cansa de llamarte.