Una infanta de luto en la Pavane pour une infante défunte de Ravel
Entre bastidores

Pavane pour une infante défunte, M. 19

Ravel cuenta lo que hay entre bastidores de Pavane pour une infante défunte
Soy Maurice Ravel, y esta es la historia que hay detrás de mi Pavane pour une infante défunte. Te contaré cómo una pieza que yo mismo critiqué con dureza en 1912 acabó ganándose el cariño de tanta gente, y eso merece unos minutos de tu tiempo. Aquí mismo, en esta web, mis colegas y yo te enseñamos a reconocer nuestras obras en cuanto suenan, así que  entra en el entrenamiento  y atrévete a probarlo.
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Un vasco en París

Nací en 1875 en Ciboure, un pueblo junto a Biarritz, y acabé en París con la cabeza llena de música. En 1897 volví al Conservatorio, donde estudiaba composición con Gabriel Fauré, un maestro al que admiraba muchísimo. Fue en aquellos años, entre clases y pianos, cuando fue tomando forma la Pavane. Eso sí, yo no era precisamente el alumno modelo que se lleva todas las medallas.

Expulsado con elegancia

En 1900 el Conservatorio me expulsó, y el motivo era sencillo: no había ganado ningún premio. No me lo tomé como una tragedia, porque seguí asistiendo a las clases de Fauré como oyente, lo que allí llamaban auditeur, hasta 1903. Es decir, me echaron por la puerta y volví a entrar por la ventana, pero sentado al fondo y sin examen. Aquella libertad me vino bien para seguir escribiendo música a mi manera.

Una pandilla de artistas

Hacia 1900 entré en un grupo informal de artistas, poetas, críticos y músicos. Mi amigo Ricardo Viñes le puso el nombre de los Apaches, que viene a significar «los Gamberros». Éramos gente curiosa, y a mí me encantaba tener cerca amigos que miraban el arte con ojos distintos al mío. Viñes, además, sería el primero en tocar mi Pavane ante el público, como te cuento enseguida.

Una dedicatoria con título nobiliario

Dediqué la versión para piano a la princesa de Polignac, que se llamaba Winnaretta Singer y era mi mecenas. Hay quien cuenta que ella me encargó la obra, y otros dicen solo que me la dedicaron a ella, así que no está del todo claro. Yo me quedo con lo seguro: su nombre acompaña a la pieza, y eso ya es un honor considerable. Un mecenas, por si te suena raro, es alguien que ayuda a pagar las cuentas para que el artista pueda dedicarse a trabajar.

El misterio del cuadro

Algunos investigadores relacionan la pieza con la infanta Margarita de Las Meninas, el famoso cuadro de Velázquez. Yo nunca nombré ninguna pintura, así que todo eso es pura suposición. Lo que sí te puedo decir es que la palabra «infanta» me sonaba a salones antiguos y a trajes de mucho vuelo. Y no imagines un funeral, porque la pieza no es el lamento por ningún niño muerto.

Un estreno sin fanfarrias

La versión para piano la publicó Eugène Demets en París, y hasta las fuentes discrepan: unas dicen que fue en 1899 y otras que en 1900. Viñes la estrenó en abril de 1902, en un concierto de la Société nationale de musique. Al principio la pieza llamó poco la atención, como ese invitado discreto al que nadie nota hasta que se sienta al piano. Nada hacía pensar entonces que acabaría siendo tan querida.

Un traje nuevo para la orquesta

En 1910 orquesté la pieza, y Demets publicó la partitura ese mismo año. Elegí una orquesta pequeña y delicada, con maderas, trompas, arpa y cuerdas, sin estridencias de ningún tipo. Pedí dos trompas de mano en sol para que la melodía sonara suave y un poco lejana. El arpa añade un brillo discreto, como si alguien abriera una ventana en una sala en penumbra.

Un estreno en Manchester

La versión orquestal se estrenó a finales de febrero de 1911 en Manchester, dirigida por Henry Wood. Me hace gracia que una pieza con título tan español llegara al público desde una ciudad inglesa. El crítico Samuel Langford la llamó «most beautiful», que en nuestra lengua suena a hermosísima. No está mal para una música que, como te decía, al principio pasó casi inadvertida.

Mi crítica más severa

En 1912 fui bastante duro con mi propia obra y escribí que la influencia de Chabrier se notaba demasiado. Añadí que la forma me parecía bastante pobre. Con el tiempo la pieza se hizo muy popular, y yo atribuí buena parte de ese éxito a unas interpretaciones extraordinarias. Así que, si te gusta, dales las gracias también a quienes la tocan.

Una pieza que no se jubila

En 1922 la grabé yo mismo en rollo de piano. Después llegaron las adaptaciones: la canción «The Lamp Is Low», una versión con sintetizador de Pedro Aznar en 1982, otra de William Orbit en 2000 y una cantada por Hayley Westenra en 2004. En 2020 todavía aparecía en el puesto 230 del Hall of Fame de Classic FM. No está mal para una danza lenta pensada para una princesita de la corte española.
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Y hasta aquí llega mi historia de la Pavane pour une infante défunte. ¿Te ha gustado conocer cómo nació esta pieza? Yo la escribí con veinticuatro años, y con el tiempo he llegado a verla con cierta distancia, aunque ha seguido su camino mucho más lejos de lo que yo imaginaba. Todavía quedan muchas cosas por descubrir de la Pavane pour une infante défunte: cómo suena en piano y cómo suena en orquesta, qué hace cada instrumento y por qué una melodía tan sencilla se queda en la memoria. Si te apetece seguir escuchando y aprendiendo, haz clic en los enlaces que tienes a tu disposición y sigue explorando la Pavane pour une infante défunte a tu ritmo, sin ninguna prisa. Al fin y al cabo, es una pieza que pide justamente eso: tiempo y un poco de calma.