Un andante de cine con el Piano Concerto No 21 de Mozart
Entre bastidores

Piano Concerto No. 21 in C major, K. 467

Mozart cuenta lo que hay entre bastidores de Piano Concerto No 21
Soy Mozart, y esta es la historia de cómo nació mi Piano Concerto No 21. Te cuento cómo, el día del estreno en el Burgtheater, el copista seguía trabajando cuando llegó mi familia y yo ni siquiera pude repasar el rondó, una historia que merece tu rato. Y si te apetece jugar un poco,  prueba el entrenamiento , donde mis colegas compositores y yo te enseñamos a reconocer nuestras obras nada más empezar a sonar.
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Un pianista en la cresta de la ola

En 1785 yo estaba en el mejor momento de mi fama en Viena, y la gente quería oírme tocar. Mis conciertos para piano no los escribía por capricho, sino sobre todo para sostener mi carrera como intérprete. Escribí seis en 1784 y tres en 1785, así que cada pocos meses necesitaba una obra nueva para presentarme ante el público. Este Piano Concerto No 21 es uno de esos tres, y lo compuse con la agenda llena.

Dos conciertos casi pegados

Terminé este concierto el 9 de marzo de 1785, en Viena, y lo anoté ese mismo día en mi catálogo personal. Había acabado el concierto en re menor, el K. 466, cuatro semanas antes. Dos obras tan distintas salieron de mi pluma casi seguidas, una oscura y agitada, y esta luminosa, en do mayor. Si las escuchas una detrás de otra, parece que las escribieron dos personas de humor muy diferente, y sin embargo las escribí yo.

La tinta todavía húmeda

El estreno fue el 10 de marzo de 1785 en el Burgtheater de Viena, y yo mismo toqué la parte del piano. Andábamos tan justos de tiempo que, según escribió mi padre, el copista seguía trabajando cuando llegamos. Yo ni siquiera pude tocar el rondó entero de principio a fin antes del concierto. Quien haya entregado alguna vez un trabajo a última hora sabrá exactamente cómo me sentía.

Mi padre, de visita

Mi padre Leopold estaba en Viena aquellos días de principios de 1785, y por eso le tocó presenciar toda esa carrera contra el reloj. Él, que era un músico exigente y conocía bien lo que yo hacía, calificó el concierto de asombrosamente difícil. Viniendo de mi propio padre, no sé si tomarlo como queja o como elogio. Me quedo con lo segundo, y creo que tú también lo harás cuando oigas lo que le pide la obra al pianista.

Tres movimientos, como una comida de tres platos

Un movimiento es una de las partes en que se divide una obra grande, igual que los platos de una comida: cada uno tiene su carácter, y juntos forman un solo menú. Aquí el primer plato es el Allegro maestoso, rápido y con aire solemne, que te presenta todo el festín. Después llega el Andante, mucho más lento, que funciona como una pausa para respirar y mirar por la ventana. Y de postre sirvo el Allegro vivace assai, un final veloz y alegre que te despide con una sonrisa; en total, rápido, lento y rápido.

Una orquesta con ganas de fiesta

Para acompañar al piano reuní una flauta, oboes, fagotes, trompas, trompetas, timbales y la cuerda. Las trompetas y los timbales le dan al concierto un brillo festivo que combina muy bien con el do mayor. Toda la obra dura entre 28 y 29 minutos, lo que apenas da para una sobremesa corta. Con tan poco tiempo conseguí pasar de momentos casi de ópera cómica a otros de gran calma, sin que te des cuenta del cambio.

Una cadencia que se perdió

Al final del primer movimiento y del último dejo un hueco para que el solista toque una cadencia, un pasaje libre en el que se luce sin la orquesta. Yo escribí la mía para el primer movimiento, pero se ha perdido. Por eso cada pianista que toca el concierto hoy tiene que elegir otra o inventarse la suya. Me gusta pensar que así la obra sigue viva, porque cada intérprete le añade un pequeño capítulo propio.

Un nombre que yo nunca le puse

Hoy a este concierto muchos lo llaman «Elvira Madigan», pero ese apodo no es mío y llegó casi doscientos años después de que lo escribiera. Viene de la película sueca de 1967, que contaba una historia real: la de una bailarina de cuerda floja danesa y su amante, un oficial sueco casado. Los dos murieron juntos en 1889, y el Andante acompañaba aquella historia triste con una delicadeza que casi nadie olvida. A mí me hace gracia que una música que escribí para un teatro de Viena acabara asociada a un amor de otro país y de otro siglo.

De Viena a «Song Sung Blue»

La melodía del Andante tuvo todavía otra vida inesperada, porque Neil Diamond construyó sobre ella su éxito «Song Sung Blue», en 1972. Fíjate en lo lejos que viajó un tema que yo imaginé para cuerdas con sordina y un piano. Si lo escuchas despacio, reconocerás ese aire que sube y baja con tanta naturalidad que parece cantable por cualquiera. Eso me parece la mejor prueba de que una buena melodía no necesita explicaciones para llegar al corazón de la gente.

De la sombra a la luz

Si quieres disfrutar de verdad el concierto, escucha cómo la música pasa una y otra vez de lo oscuro a lo claro. En el primer movimiento, en pleno desarrollo, asoma un tema en mi menor que oscurece un momento el ambiente. En el Andante el piano da grandes saltos entre las notas agudas y las graves, y casi al final la música se asoma brevemente a la bemol mayor. En el final, el rondó juega al diálogo entre el solista y la orquesta, con un espíritu de ópera cómica, y acaba con una cadencia y una última vuelta del tema principal.
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Cuando pienso en aquel concierto que terminé en Viena en 1785, me sorprende que siga sonando hoy en tantas salas del mundo. Lo escribí con la mirada puesta en el momento, y ahora veo que la música tiene una vida mucho más larga que la de quien la compone. ¿Te ha gustado conocer la historia de mi Piano Concerto No 21? Todavía te quedan muchas cosas por descubrir en esta obra. Puedes fijarte en cómo se responden el piano y la orquesta, en cómo cambia el ánimo de un movimiento a otro, o en las cadencias, que dejo en manos de cada solista para que las toque a su manera. Si te apetece seguir explorando el Piano Concerto No 21, haz clic en los enlaces de esta página. Ojalá cada vez que lo escuches encuentres algo nuevo.