Inquietud en sol menor con la Symphony No 40 de Mozart
Entre bastidores

Symphony No. 40 in G minor, K. 550

Mozart cuenta lo que hay entre bastidores de Symphony No 40
Soy Mozart y te doy la bienvenida a la historia de mi Symphony No 40. Vas a conocer la duda que rodea a esta sinfonía: nadie sabe con certeza si llegué a escucharla interpretada, y por eso su historia merece unos minutos de tu tiempo. En este sitio mis compañeros de oficio y yo te enseñamos a reconocer nuestras obras cuando suenan, y  el entrenamiento te espera  para que lo pruebes.
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Tres sinfonías en un verano

En el verano de 1788 escribí mis tres últimas sinfonías en menos de dos meses, y esta es la del medio. Terminé la número 39 el 26 de junio, anoté la 40 en mi catálogo el 25 de julio y acabé la 41 el 10 de agosto. Es un ritmo de trabajo que a mí me parecía normal, aunque visto ahora cuesta creerlo. Lo más curioso es que nadie me las había encargado ni tenía una fecha de entrega esperándome.

Un año que no estaba para fiestas

Que nadie se imagine que 1788 fue un año glorioso para mí, porque pasaba apuros de dinero. Acababa de perder a una hija pequeña, y mi ópera Don Giovanni había tenido en Viena una acogida más bien tibia esa misma primavera. Con ese ánimo me puse a escribir, y creo que en la música se nota una sombra que no hace falta explicar con palabras. Aun así trabajé sin parar, y ese año compuse unas treinta obras nuevas.

El misterio de por qué la escribí

Me preguntan a menudo por qué escribí tres sinfonías seguidas si nadie las pedía. La verdad es que no hay ningún documento que lo explique, así que cualquier razón que te diera sería una suposición. Lo único seguro es que las escribí en cuestión de semanas y que mi catálogo lo confirma. A veces una música sale simplemente porque tiene que salir, y no hace falta más.

Una rareza en tono menor

Entre todas mis sinfonías, esta es una de las dos únicas que escribí en tono menor. El tono menor suena más serio y más íntimo, algo así como pasar de una conversación en voz alta a una confidencia. Por eso esta obra, que está en sol menor, suena tan distinta del resto. Su título completo es Sinfonía n.º 40 en sol menor, K. 550, que suena a matrícula de coche pero es sencillamente mi manera de ordenar mis obras.

Cuatro capítulos, cuatro humores

Una sinfonía se divide en movimientos, que son como los capítulos de una novela: cada uno tiene su propia velocidad y su propio ánimo, y entre uno y otro se hace una pausa para respirar. El primero, Molto allegro, es rápido e inquieto, y el Andante que viene después baja el paso y se pone mucho más soñador. El tercero es un Menuetto, que es una danza de salón, aunque la mía tiene un ritmo que tropieza a propósito y un carácter severo, y en su parte central se asoma una luz de sol mayor. El último, Allegro assai, es una tormenta de principio a fin, y el final llega en sol menor sin ninguna concesión.

El final que no deja en paz ninguna nota

El último movimiento arranca con unas notas que suben como un cohete y te lanzan directamente a la tormenta. En su parte central hago un experimento un poco obsesivo, porque paso por todas las notas de la escala cromática menos una: el sol. Es como si todo el movimiento girara alrededor de una casa a la que nadie se atreve a entrar hasta el último momento. Y cuando por fin se entra, no hay consuelo: la música se mantiene en tono menor hasta el último acorde.

La versión con clarinetes

Esta sinfonía existe en dos versiones, y la diferencia está en los clarinetes. La primera la escribí sin ellos, con una flauta, dos oboes, dos fagotes, dos trompas y las cuerdas. Más tarde añadí dos clarinetes y retoqué algunas partes, aunque la fecha exacta no se sabe y lo más probable es que fuera en 1791. Esos cambios hacen pensar que tenía en mente una interpretación concreta, pero eso tampoco se puede asegurar.

¿La oí alguna vez?

Esta es la pregunta que más me incomoda: nadie sabe con certeza si llegué a oír mi sinfonía interpretada. La primera ejecución documentada fue en Viena, en abril de 1791, a cargo de la Tonkünstler-Societät y dirigida por Antonio Salieri. Hay además una carta de 1802 que habla de una interpretación bastante mala en casa del barón van Swieten, a la que quizá asistí. Así que lo dejo en lo que cuenta la historia: tal vez la escuché, y tal vez no.

El manuscrito que acabó en manos de Brahms

Mi manuscrito original no se perdió, y su recorrido es casi una novela de aventuras. Mi viuda lo vendió hacia 1799 al editor Johann Anton André, y mucho después la princesa Anna de Hesse lo compró y se lo regaló a Brahms en 1864. Brahms lo estudió con tanta atención que encontró una nota que yo había escrito mal y la tachó a lápiz. Al final lo dejó en herencia a la Gesellschaft der Musikfreunde de Viena, donde se conserva hoy.

Lo que dijeron después de mí

En los primeros años del siglo XIX esta sinfonía se hizo muy popular y mucha gente la admiró por su carácter romántico. Robert Schumann oyó en ella una ligereza y una gracia propias de la antigua Grecia, mientras que Charles Rosen habló de pasión, violencia y dolor. Me parece fascinante que dos oyentes tan distintos hayan escuchado la misma música y encontrado cosas tan diferentes. Y todo eso cabe en unos 26 o 27 minutos, que es lo que dura una interpretación.
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Cuando miro atrás, me doy cuenta de que esta música sigue hablando en voz baja, y quizá por eso se queda tanto tiempo con quien la escucha. Yo la escribí sin saber qué camino iba a recorrer, y todavía hoy me conmueve que siga encontrando oyentes que la sienten como suya. Ni siquiera sé con certeza si llegué a oírla tocada por una orquesta, pero me gusta pensar que su suspiro encontró enseguida un lugar en quien lo escuchaba. ¿Te ha gustado conocer la historia que hay detrás de mi Symphony No 40? Aún quedan muchas cosas por descubrir en ella, como la versión con clarinetes o el manuscrito que acabó en manos de Brahms, que corrigió una nota a lápiz. Si te apetece seguir explorando, pulsa en los enlaces que tienes en esta página y sigue escuchando conmigo.