Inquietud en sol menor con la Symphony No 40 de Mozart
Los mejores momentos
Symphony No. 40 in G minor, K. 550

Soy Mozart y te presento lo mejor de mi Symphony No 40, que escribí en pocas semanas del verano de 1788. Vas a oír cómo arranca con unos violines que suspiran sin aliento sobre las violas inquietas, y entenderás por qué ese sol menor tan callado te atrapa desde el primer compás. Si te apetece reconocer una pieza nuestra nada más oírla, prueba el entrenamiento : mis colegas compositores y yo te enseñamos a hacerlo aquí.
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Un comienzo que se habla bajito
Yo empiezo esta sinfonía sin ninguna fanfarria: las violas arrancan solas con un acompañamiento inquieto, y encima los violines suspiran sin parar, como si les faltara el aire. Es un inicio muy callado y muy nervioso, de esos que te hacen inclinarte hacia delante para enterarte de qué pasa, y ya desde el primer compás sabes que estamos en sol menor y que nadie viene a contar un chiste.
Me quito los zapatos en mi bemol mayor
En el Andante yo cambio de aires por completo, porque es el único movimiento cuya tonalidad principal no es sol, y se nota como cuando llegas a casa y te quitas los zapatos. Estamos en mi bemol mayor, las cuerdas laten con suavidad y las notas ligeras, de dos en dos, caen como hojas, mientras las cuerdas y los instrumentos de viento se van respondiendo unos a otros.
Un minueto que no quiere bailar
Yo escribo aquí un minueto, que en principio es una danza elegante, pero el mío llega de mal humor porque el ritmo no se decide entre contar de dos en dos o de tres en tres. Ese tira y afloja le da un aire severo, casi enfadado, y solo cuando el centro se pasa a sol mayor, con las trompas y las maderas, parece que se relajan las caras antes de que vuelva el sol menor.
El final sale disparado
Yo arranco el Allegro assai con un cohete de Mannheim, que es una serie de notas que suben a toda prisa dibujando el acorde de sol menor, y conviene agarrarse al asiento. Los violines corren furiosos, el volumen salta de un susurro a un trueno, en el desarrollo uso todas las notas de la escala cromática menos el sol, como si el sol se hubiera ido a comprar el pan, y aun así el movimiento se queda en el modo menor hasta el último acorde.
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Hasta aquí llega mi paseo por los mejores momentos de la Sinfonía n.º 40, y me gustaría saber si lo has disfrutado tanto como yo al contártelo. ¿Te ha gustado descubrir estos momentos conmigo? Si lo piensas, esta música cabe en menos de media hora, y aun así pasa por el susurro nervioso del principio, el respiro del Andante, el minueto severo y una tormenta final que no se apacigua ni en el último acorde. Creo que eso es lo que la hace tan especial: no necesita más tiempo para decirte todo lo que lleva dentro. Aun así, todavía quedan muchos aspectos de esta sinfonía por explorar. Puedes fijarte en cómo suena la versión con clarinetes frente a la que no los tiene, en la historia del manuscrito que acabó en manos de Brahms, o en el verano de 1788, cuando escribí esta obra junto a las otras dos últimas sinfonías en menos de dos meses. También puedes quedarte con las palabras de otros oyentes: Schumann encontró en ella una ligereza y una gracia casi griegas, mientras que Charles Rosen vio pasión, violencia y dolor. Dos maneras muy distintas de escuchar lo mismo, y las dos me parecen verdaderas. Si te apetece seguir adentrándote en la Sinfonía n.º 40, haz clic en los enlaces que tienes en la página y continúa la exploración a tu ritmo. Y la próxima vez que la escuches, hazlo con calma y atento a los detalles, porque siempre aparece alguno que se te había escapado.
