Un zumbido sin respiro con Flight of the Bumblebee de Rimsky-Korsakov
Entre bastidores

Flight of the Bumblebee

Rimsky-Korsakov cuenta lo que hay entre bastidores de Flight of the Bumblebee
Soy Rimsky-Korsakov, y te cuento aquí la historia de cómo nació mi Flight of the Bumblebee. Vas a descubrir qué ocurre en el cuento de un príncipe al que un cisne mágico transforma en abejorro, y por qué esa escena pedía una música que no se detuviera. Si te apetece,  entra en el entrenamiento : mis colegas de composición y yo te enseñamos aquí a reconocer nuestras obras en cuanto suenan, y puedes probarlo ya.
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Un cumpleaños con cien velas

Compuse la ópera El cuento del zar Saltán entre 1899 y 1900, para celebrar el centenario del nacimiento de Pushkin. Me basé en el poema que él publicó en 1831, y el libreto lo preparó Vladimir Belsky. Yo ni sospechaba que, de toda aquella ópera, lo que acabaría corriendo por el mundo sería un intermedio de apenas unos instantes. Es lo que tiene el teatro: uno planea la gran fiesta y los invitados se acuerdan de la tapita del aperitivo.

Abejorro, que no abeja

En ruso la pieza se llama Полёт шмеля, y shmel significa abejorro, no abeja de miel. La diferencia importa, porque quien vuela en la escena es el príncipe con su cuerpo regordete y su zumbido grave de abejorro. Me hace gracia que tanta gente la recuerde como una abeja cualquiera, cuando el protagonista tiene nombre, título y un padre que es zar. Así que, si alguna vez te toca explicarla, ya sabes cuál es la palabra correcta.

La noche del estreno en Moscú

La ópera se estrenó el 3 de noviembre de 1900 en el Teatro Solodovnikov de Moscú, aunque en Rusia entonces contábamos con otro calendario y la fecha de allí era el 21 de octubre. Dirigió Mikhail Ippolitov-Ivanov, que sacó adelante toda la partitura con el intermedio incluido. El pintor Mikhail Vrubel se ocupó del diseño de la escena, así que aquel estreno tuvo música y también pintura. Me gusta pensar que el público de entonces miraba los decorados de Vrubel y, sin saberlo, estaba asistiendo al nacimiento de un clásico.

Nació en el teatro, no en el concierto

Te lo digo claro: yo no escribí esta pieza para tocarla sola en una sala de conciertos. Era un intermedio de ópera, pensado para acompañar un momento de la historia y para que la orquesta lo hiciera volar ante los ojos del público. Fue después cuando los músicos descubrieron que fuera del teatro también se defendía muy bien. Con los años se ha convertido en una de las piezas favoritas de las salas de concierto, y eso que nació como una pieza de paso.

Un profesor con el corazón cansado

Cuando la escribí yo tenía cincuenta y seis años, había nacido en Tikhvin en 1844 y daba clases en el Conservatorio de San Petersburgo desde 1871. Desde hacía unos diez años, más o menos desde 1890, sufría de angina, y eso me obligaba a cuidarme más de lo que me gustaba. Aun así, me resultaba natural escribir música llena de energía, quizá porque la imaginación no se cansa igual que el cuerpo. Componer algo tan veloz mientras uno procura no acelerarse demasiado tiene su ironía, lo reconozco.

El año en que me echaron y me readmitieron

En 1905 me destituyeron del Conservatorio por ponerme del lado de los estudiantes que protestaban. Aquello causó tal revuelo que ese mismo año me readmitieron, y yo volví a mi puesto como si nada. Me jubilé en 1906, ya con una larga carrera enseñando a compositores jóvenes. Terminó mi tiempo de profesor, pero no mi música, que siguió su camino sin pedirme permiso.

El lío del número de opus

Si buscas un número de opus para el vuelo del abejorro, no lo vas a encontrar, porque la pieza no tiene uno propio. Mucha gente dice que la ópera es el Op. 57, pero ese número pertenece a la suite de concierto que saqué después de la ópera. La partitura completa de la ópera la publicó Bessel en San Petersburgo, y hacia 1901 apareció también una versión con las voces y el piano. Es un buen ejemplo de cómo un dato mal copiado puede viajar durante generaciones, igual que una buena melodía.

Rachmaninoff se lo lleva al piano

Hacia 1929, Rachmaninoff hizo una transcripción para piano de mi intermedio. Esa versión está catalogada como Threlfall y Norris III/9, y exige a los dedos la misma agilidad que a un violinista. Me halaga que un pianista de esa talla se fijara en una página mía y pensara que merecía sonar en su instrumento. Desde entonces, muchos pianistas la usan para presumir de dedos, y a mí me parece muy bien que se diviertan.

¿En qué tonalidad estoy?

Aquí viene un pequeño misterio: las fuentes mencionan la menor, si menor y fa sostenido menor, y no hay una única tonalidad de casa que todos acepten. Es que la música cromática avanza por semitonos y pasa por varias zonas tonales sin quedarse en ninguna. Por eso la pieza suena siempre inquieta, como alguien que busca sitio en un autobús lleno y no termina de encontrarlo. Si algún día alguien te dice con total seguridad cuál es su tonalidad exacta, sonríe y no le discutas.

De ópera rusa a fenómeno mundial

Hoy es una de las piezas clásicas más conocidas, en buena parte gracias a la cultura popular. Un estudio de 2021 sobre Spotify encontró más de mil grabaciones, una cifra que a mí me parece asombrosa para un intermedio de ópera. También se cuenta que el trompetista Harry James hizo una versión muy popular con su orquesta de swing, aunque unas fuentes la sitúan en 1940 y otras en 1941, y no sé decirte cuál acierta. Sea como sea, el abejorro del príncipe Gvidon sigue volando ante nosotros más de un siglo después.
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Y hasta aquí llega la historia de mi abejorro, que nació como un simple paseo por el aire en medio de una ópera y acabó dando la vuelta al mundo. ¿Te ha gustado conocer la historia de Flight of the Bumblebee? Si ahora la escuchas otra vez, quizá notes cosas que antes se te escapaban: cómo el zumbido no se detiene y cómo cada giro parece improvisado, aunque yo lo escribí nota por nota. Aún queda mucho por explorar en esta pieza, como las versiones para otros instrumentos, entre ellas la transcripción para piano que hizo Rachmaninoff, o la manera en que cada intérprete se enfrenta a su velocidad. Te invito a hacer clic en los enlaces que tienes aquí para seguir descubriendo Flight of the Bumblebee a tu ritmo. Y si un día un abejorro de verdad te pasa zumbando junto a la oreja, ojalá te acuerdes del príncipe Gvidon y sonrías.