Pelazo y navajazo guapo con la The Barber of Seville Overture de Rossini
Entre bastidores

The Barber of Seville Overture

Rossini cuenta lo que hay entre bastidores de The Barber of Seville Overture
¡Buah, tío, soy Rossini al aparato y hoy te suelto to' el salseo detrás de The Barber of Seville Overture, una locura dabuten! Pues nada, bro, vas a flipar en colores cuando pilles que este himno tan guapo se lo colé antes a otras dos óperas mías por to' el morro, ¡qué movida más bruta, ¿sabes?! Venga, máquina,  lánzate ya al entrenamiento  aquí mismo, que con los otros compositores te ponemos a tope pa' reconocer nuestras obras del tirón en cuanto las oigas.
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¡El reciclaje más tocho de la historia, tronco!

¡Wepa, máquina, vente pa'cá y abre bien las orejas, que con The Barber of Seville Overture te voy a soltar una movida tan tocha que te vas a quedar to' loco! O sea, la peña se cree que me saqué este temazo de la manga pa' la ópera de los barberos, ¡pero qué va, chaval, si yo soy el rey del tuneo y el reciclaje callejero, ¿sabes?! Resulta que en mil ochocientos trece estaba yo currando en Milán, a tope de power, y me marqué esta música pa' un dramón serio que se llamaba Aureliano in Palmira, en plan tragedia chunga de llorar a mares. Lo peté en el Teatro alla Scala justo después de Navidad, y como el ritmo tenía un flow brutal y daba mazo de hype, pensé: ni de coña tiro yo esta joyita a la basura, ¡venga ya, bro!

¡Doble ración de reinas y coronas en el sur, quillo!

Así que nada, un par de años después, en mil ochocientos quince, me piro pa' Nápoles con las maletas llenas de partituras y la cara más dura que el cemento armao, tío. Ahí me tocaba estrenar otra historia de época superintensa llamada Elisabetta, regina d'Inghilterra en el Teatro San Carlo, y me dije: a ver, colega, ¿pa' qué me voy a rayar la cabeza escribiendo de cero teniendo aquel pepinazo guardao? Pillé los papeles viejos, les metí un par de retoques guapos a la orquesta pa' que sonase dabuten y se lo colé a to' el público napolitano sin despeinarme ni un pelo, ¡la leche! Aquello funcionó de perlas en octubre, literal, porque cuando un ritmo mola mazo da igual si sale un emperador romano o una reina inglesa con cara de pocos amigos, ¡el caso es facturar pasta y triunfar, chaval!

¡Un curro exprés a los veintitrés tacos, colega!

Por aquel entonces, a principios de mil ochocientos dieciséis, tenía yo veintitrés añitos na' más y ya era el jefazo musical de los teatros reales de Nápoles con el empresario Domenico Barbaia, ¡un crack total de los negocios! Pero como me gustaba más el parné que comer con los dedos, en diciembre me salió un bolo extra en Roma gracias al duque Francesco Sforza-Cesarini, que quería una comedia bien fresquita pa' la fiesta de Carnaval. O sea, iba yo con el tiempo pegao al culo, echando humo por las orejas pa' entregar la obra en el Teatro Argentina, ¿sabes?, en plan contrarreloj extrema que casi me da un parraque del estrés. La leyenda urbana cuenta que me ventilé to' el curro en doce o trece días, aunque los sabiondos dicen que fueron dos o tres semanas; total, ¡una locura de rapidez que ni corriendo en moto, tronco!

¡Cambiando el título pa' que no me partan la cara, bro!

Encima tenía un marrón gigante encima de la mesa, porque un compositor veterano que se llamaba Giovanni Paisiello ya había hecho una ópera sobre la misma obra de Beaumarchais allá por mil setecientos ochenta y dos, ¿te enteras? El viejo tenía una legión de fans superpesaos que me miraban con una cara chunga que flipas, en plan de buscar bronca en la calle si les tocaba a su ídolo, ¡menuda movida! Total, que pa' ir de buen rollo y mostrar respeto al abuelo, le puse a mi estreno el nombre de Almaviva, o sia L'inutile precauzione, un título larguísimo que daba hasta pereza decirlo del tirón, tío. Pero qué va, ni con esas me libré del lío, porque la peña de Roma ya tenía las uñas afiladas pa' montarme un pollo monumental el primer día, ¡anda ya, qué pandilla de envidiosos!

¡La noche de estreno más gafe del mundo, chaval!

Madre mía, llega el veinte de febrero de mil ochocientos dieciséis, me siento yo mismo al teclado como maestro al cembalo pa' dirigir el cotarro en el Teatro Argentina, ¡y se lía la mundial, quillo! Aquello fue un desastre épico, un fiasco de locos con accidentes en el escenario a cascoporro, gente tropezando y un jaleo que parecía una verbena de barrio a las tantas de la madrugada, ¿sabes? Los colegas de Paisiello empezaron a gritar, a silbar y a sabotear el show desde las butacas con una mala baba flipante, buscando que me hundiera en la miseria delante de to' el mundo. Yo salí de allí sudando tinta pero pasando olímpicamente del hate, y mira tú por dónde, en la segunda función la gente entró en razón, lo petamos a lo bestia y salí por la puerta grande como un marqués, ¡toma ya!

¡El misterio del tema perdido y el tercer bote, tío!

Ahora bien, sobre la música del principio hay un salseo curioso, porque algunos cuentan que escribí una pieza nueva con temas españoles que me pasó el tenor Manuel García y que se perdió por ahí, aunque hoy casi nadie se traga ese cuento. Lo que está claro como el agua es que tiré de mi viejo comodín por tercera vez, plantando la música de Aureliano y de Elisabetta justo delante de mi comedia sevillana, ¡y se quedó ahí pa' siempre jamás, colega! Así que si algún listillo te dice que en The Barber of Seville Overture suenan las melodías que luego cantan los personajes en la ópera, dile que se acueste un rato, ¡porque la compuse años antes de saber siquiera que iba a existir el barbero, bro! Y oye, coló tan guay esa mezcla loca que ningún espectador pidió que le devolvieran las entradas, demostrando que mi oído pa' reciclar temazos valía su peso en oro macizo, ¡literal!

¡Metiendo tijera a las reglas de los empollones, máquina!

Si nos ponemos a destripar cómo está montao el chiringuito musical, verás que arranco con un Andante maestoso en mi mayor y luego paso a un Allegro vivace o Allegro con brio en mi menor antes de rematar otra vez en mi mayor, ¡vaya viaje! Lo mejor es que a los profes de música les explota el cerebro porque usé una forma sonata truncada, o sea, que me comí to' el desarrollo del medio por toda la cara, chaval. En vez de enrollarme como las persianas dando vueltas a las notas, meto la exposición, suelto un puentecillo corto pa' pillar aire y voy directo a la recapitulación sin escalas, ¡pim, pam, fuera! Pa' rematar la faena al final clavo un Più mosso que va a toda pastilla, dejando a la audiencia pegada al asiento con los pelos de punta y pidiendo otra ronda, ¡de locos!

¡Cómo ganarse un mote guapo en París a base de ruido, tronco!

Pa' que este invento sonase bien gordo metí de to' en el foso: flautas, oboes, clarinetes, fagotes, trompas, trompetas, un trombón y todas las cuerdas dándole al arco como si no hubiera un mañana, ¿sabes? Pero el toque maestro de la casa está en la percusión, colega, donde junté timbales, bombo y platillos pa' pegar unos zambombazos que te tiemblan hasta los empastes de las muelas. Con to' ese arsenal me marco mi truco favorito, el famoso crescendo que lleva mi apellido: empiezo bajito y voy repitiendo la frase cada vez más fuerte y con más cacharros sonando a la vez, ¡una pasada! Tanto lo usaba pa' volver loca a la peña que en París me pusieron el mote de Monsieur Crescendo, que suena mazo elegante pa' decir que soy el amo del volumen a tope, ¡joder, qué nivelazo!

¡Imprimiendo billetes por toda Europa, quillo!

En cuanto corrió la voz del éxito, las editoriales se tiraron en plancha a sacar tajada, publicando las partituras vocales al toque tanto Casa Ricordi en Milán como Nicolas-Raphaël Carli en París, ¡corrían que se las pelaban! Un poco más tarde, ya en los años veinte de aquel siglo, la gente de Ratti, Cencetti and Comp. sacó en Roma la primera partitura completa pa' toda la orquesta, pa' que cualquiera pudiera montar el fiestón en su ciudad, bro. Si hoy te da por buscar los papeles oficiales entre los cerebritos de la Fondazione Rossini, verás que ficharon la ópera Il barbiere di Siviglia con el código EC I/20, o también como IGR 76 en internet, en plan matrícula secreta, tío. Vamos, que de un encargo a toda prisa con música prestada salió un negocio redondo que dio la vuelta al planeta entero sin frenos, ¡pa' que luego digan que reciclar no renta, colega!

¡De los teatros de Roma a los dibujos animados, chaval!

Y agárrate los machos con el final del cuento, porque más de un siglo después, en mil novecientos cincuenta, mi música pegó el salto a la pantalla grande con los locos de Warner Bros., ¡flipa en colores! El director Chuck Jones pilló mi creación pa' un corto de los Looney Tunes que titularon Rabbit of Seville, convirtiendo mi obra en el himno oficial de las trastadas animadas, ¿sabes? Ahí tienes al conejo Bugs Bunny afeitando y puteando al pobre Elmer Fudd al ritmo exacto de mis compases, clavando cada golpe de humor con los trompetazos de la banda, ¡una genialidad brutal! Total, que gracias a ese conejo vacilón, millones de chavales que no habían pisao un teatro en su vida se aprendieron mi temazo de memoria, ¡así que dime tú si no soy el jefe supremo del cotarro, máquina!
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¡Bua, tío, pues nada, dime tú la verdad sin cortarte ni media: ¿te ha molao mazo pillar to' el salseo y la movida que hay detrás de The Barber of Seville Overture o te has quedao flipao en colores, eh, crack? O sea, no te me pires todavía ni de broma, tronco, que en The Barber of Seville Overture me quedan un puñao de secretos guapos y rollos brutales por destripar, en plan locura máxima pa' que no te aburras ni un segundo, ¿sabes? ¡Así que venga, máquina, dale caña sin miedo y pincha del tirón en los enlaces de ahí pa' seguir bicheando a tope The Barber of Seville Overture conmigo, que esto es la leche, bro!