Llamando al destino con la Symphony No 5 de Beethoven
Entre bastidores
Symphony No. 5 in C minor, Op. 67

Soy Beethoven, y te cuento aquí la historia que hay detrás de mi Symphony No 5. Vas a saber cómo fue su estreno en el Theater an der Wien, en diciembre de 1808, con muy poco ensayo y un público agotado tras un concierto larguísimo. En esta web mis colegas compositores y yo también te enseñamos a reconocer nuestras piezas nada más sonar, así que pásate por el entrenamiento y pruébalo.
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Una idea apuntada en otoño
Las primeras ideas para esta sinfonía las anoté en el otoño de 1803, y desde entonces me acompañaron mucho más tiempo del que yo mismo esperaba. Trabajé en ella desde principios de 1804 hasta marzo de 1808, así que fue de esas obras que se hacen esperar. Según a quién preguntes, la composición empieza en 1804 o solo en 1807, que fue cuando se concentró el trabajo principal, y no hay manera de ponerse de acuerdo del todo. Piensa en un guiso que dejas a fuego lento: no te olvidas de él, pero tampoco lo tienes listo a la hora de cenar.Un viaje que se quedó en la maleta
En mitad de todo esto hubo un parón. Yo quería interpretar la obra en París, pero el viaje que tenía planeado se canceló y, sin esa meta, el trabajo se detuvo durante un tiempo. Cuando un plan así se viene abajo, uno guarda la partitura en un cajón y se ocupa de otras cosas. Por suerte, la sinfonía no se quedó allí para siempre.La recta final
Entre la primavera de 1807 y principios de 1808 escribí la mayor parte de la sinfonía, y ahí el trabajo avanzó de verdad. En marzo de 1808 terminé la partitura autógrafa, es decir, la que escribí de mi puño y letra. Fue un alivio enorme, porque llevaba mucho tiempo viviendo con aquellas notas en la cabeza. Pero todavía faltaba lo más delicado, que era ponerla delante del público.Una dedicatoria con dos nombres
Al terminarla, la dediqué a dos personas a la vez: el príncipe Lobkowitz y el conde Razumovsky. Dedicar una obra es algo parecido a firmar una tarjeta de regalo, solo que la tarjeta se conserva durante siglos. Así, esos dos nombres quedaron unidos a mi Symphony No 5, lo supieran ellos o no. Es una forma sencilla de que alguien quede unido para siempre a una música.Una noche de diciembre con demasiado programa
Estrené la sinfonía el 22 de diciembre de 1808 en el Theater an der Wien, en Viena, y la dirigí yo mismo. Fue un concierto solo con obras mías, y el programa iba tan cargado que, además de esta sinfonía, sonaron mi Sexta Sinfonía, el Cuarto Concierto para piano y la Fantasía coral. La Sexta abrió la velada, y mi Symphony No 5 quedó para la segunda parte. Imagínate llegar al último tramo de una función larguísima, con el abrigo ya en la mano.Un estreno que no salió bien
Aquella noche no fue el éxito que hoy te imaginarías. La orquesta había ensayado muy poco, y el público llegó a mi sinfonía agotado por la duración del concierto. Por eso la crítica apenas dijo nada del estreno. A veces una obra necesita una segunda oportunidad para que la escuchen como se merece.Quien sí la escuchó bien
Más adelante llegó alguien que la escuchó con otros oídos: E.T.A. Hoffmann. En su reseña la describió como algo de una profundidad indescriptible, magnífico. Mientras tanto, en septiembre de 1808, los editores Breitkopf & Härtel recibieron copias en una visita a Viena. La primera edición impresa salió de su casa, y así la música empezó a viajar sin mí.Cuatro platos y un postre sorpresa
Una sinfonía se divide en movimientos, que son como los platos de una comida larga: cada uno tiene su propio carácter, pero todos pertenecen al mismo menú. El primero, Allegro con brio, es el plato fuerte y tormentoso, y el segundo, Andante con moto, baja el ritmo para que respires. El tercero es un scherzo, también marcado Allegro, que trae de vuelta el ritmo de las cuatro notas y desemboca sin pausa en el cuarto, otro Allegro, por un largo pasaje sobre los timbales. Ese último movimiento ya no está en do menor, sino en do mayor, y hasta deja que el scherzo se asome un momento antes de cerrar con un Presto.El destino que llama a la puerta
Seguramente has oído que a esta sinfonía la llaman la Sinfonía del Destino, por una frase: «Así llama el destino a la puerta». Esa frase la contó Anton Schindler después de mi muerte, y hoy se duda de que yo la dijera de verdad. Lo que sí es cierto es que mi oído empezó a fallar hacia 1798, y que yo seguí componiendo igualmente. Que el destino llame o no, a mí me parece una manera tan buena como cualquier otra de escuchar esas cuatro notas.Un pájaro en el Prater
Se cuenta que Carl Czerny aseguraba que aquel motivo salió del canto de un escribano cerillo en el Prater. Nadie lo sabe con certeza, y yo prefiero dejar el misterio donde está. Lo que sí puedo decirte es que toda la obra dura unos 33 minutos, menos que una película y más que una canción. Yo morí el 26 de marzo de 1827 en Viena, pero esos 33 minutos siguen sonando como el primer día.---
Cuando miro atrás, me sorprende lo lejos que llegó una idea que apunté en el otoño de 1803. La noche del estreno, en diciembre de 1808, casi nadie supo qué decir: la orquesta había ensayado poco y el público salió agotado de un concierto larguísimo. Y, sin embargo, con el tiempo E.T.A. Hoffmann la describió como una obra de una profundidad y una grandeza difíciles de expresar con palabras. A veces las obras necesitan que pase un poco de tiempo para que alguien las escuche de verdad. ¿Te ha gustado conocer la historia de mi Symphony No 5? Me alegraría que ahora, al volver a oír esas cuatro notas del principio, las escucharas con otros oídos. Todavía quedan muchas cosas por descubrir en esta sinfonía, desde la manera en que se enlazan sus movimientos hasta los detalles que se esconden en cada instrumento. Haz clic en los enlaces que tienes por aquí y sigue explorando mi Symphony No 5 a tu ritmo. Te aseguro que cada vez que la escuches encontrarás algo nuevo.
