Un adiós susurrado con la Symphony No 6 de Tchaikovsky
Entre bastidores

Symphony No. 6 in B minor, Op. 74 ("Pathétique")

Tchaikovsky cuenta lo que hay entre bastidores de Symphony No 6
Soy Tchaikovsky, y esta es la historia de cómo fui dando forma a mi Symphony No 6. Vas a saber por qué mi hermano Modest me sugirió el subtítulo Pathétique y por qué no significa «patético», sino algo lleno de pasión y emoción. Anímate a probar  el entrenamiento  de esta web, donde mis colegas compositores y yo te enseñamos a reconocer nuestras obras en cuanto empiezan a sonar.
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Una sinfonía a la papelera

En el otoño de 1892 empecé otra sinfonía, pero la dejé a medias de orquestar. Al final la destruí, y créeme que duele más que perder un documento sin haberlo guardado. No la lloré demasiado tiempo, porque la idea que de verdad quería contar todavía no había llegado. De aquel borrón nació la sinfonía que hoy conoces.

Un enigma por carta

En febrero de 1893 le escribí a mi sobrino Vladimir Davydov para contarle mis planes. Le decía que tenía en la cabeza una sinfonía con un programa que seguiría siendo un enigma para todo el mundo. Y cumplí mi palabra: nunca revelé qué historia había detrás, y desde entonces la gente sigue discutiéndolo. Es como decirte que he escondido un tesoro y no darte ni una pista del mapa.

De los bocetos al verano en Klin

Esta vez el trabajo fue rápido: hice los bocetos en febrero y marzo de 1893. La orquestación la dejé para julio y agosto, y la escribí en Klin. Dedicué la obra a Vladimir Davydov, el mismo sobrino que había recibido mi carta enigmática. Una dedicatoria con sentido, porque él ya sabía que yo guardaba un secreto.

Un título que me regaló mi hermano

Mientras la escribía, la llamaba simplemente «Programme Symphony». Fue mi hermano Modest quien propuso el subtítulo «Pathétique», y a mí me pareció bien. Ojo con la trampa: la palabra rusa que hay detrás significa llena de pasión y de emoción, no «patética» como podrías pensar. Nadie sabe con seguridad si el título lo elegí yo o solo aprobé la idea de Modest, y yo prefiero dejarlo así.

Cuatro capítulos para una sola historia

Una sinfonía se divide en movimientos, que son como los actos de una obra de teatro: partes con carácter propio, separadas por una pausa, que juntas cuentan una sola historia. El primero, Adagio y después Allegro non troppo, está en si menor y es el gran drama, mientras que el segundo, Allegro con grazia, en re mayor, llega como un respiro con aire de baile. El tercero, Allegro molto vivace, en sol mayor, avanza como una marcha que gana fuerza hasta sonar casi a victoria. El cuarto, Adagio lamentoso, vuelve a si menor y baja despacio con sus escalas descendentes hasta apagarse del todo.

Un canto fúnebre entre el drama

En el primer movimiento cito un canto ortodoxo para los difuntos, y lo hago sin avisar a nadie. El segundo tema, tan cantable, recuerda a la «Flower Song» de la ópera Carmen de Bizet. Más adelante, en la parte central, escribí una fuga con la indicación «feroce», y la orquesta la toma al pie de la letra. Pasar de una melodía tan tierna a ese ataque es como oír a alguien susurrar un secreto y, de repente, dar un portazo.

La vida, y después el final

En mis apuntes dejé escrito que la esencia última de la sinfonía es la Vida. El primer movimiento sería todo pasión, confianza y sed de vivir, y el final, la muerte como resultado del derrumbe. Por eso quise terminar con un adagio larguísimo y no con el allegro estruendoso que se espera al final de una sinfonía. Cuando el público espera aplaudir de pie y recibe una despedida en voz baja, la sorpresa es inevitable.

Un estreno que dejó a todos pensativos

Estrené la sinfonía en San Petersburgo en octubre de 1893, en el primer concierto sinfónico de la Sociedad Musical Rusa, y la dirigí yo mismo. Noté cierta perplejidad entre el público, y los críticos respondieron con bastante frialdad. Aun así, yo estaba orgulloso de la obra y satisfecho con lo que había escrito. A veces el público tarda un poco en entender lo que acaba de oír.

Nueve días después

Murí el 6 de noviembre de 1893, nueve días después del estreno. Hay quien habla de cólera y quien se pregunta si hubo algo más, y las fuentes no lo aclaran del todo. También se ha dicho que la sinfonía es una nota de despedida, pero eso nunca se ha demostrado, y el musicólogo David Brown llegó a llamar a esa teoría «patent nonsense». Yo te pido que la escuches como lo que es: música llena de pasión, y no un testamento.

Una orquesta grande y una edición rápida

La sinfonía dura entre 45 y 50 minutos, así que conviene sentarse cómodo. Para ella reúno tres flautas, cuatro trompas, tres trombones y una tuba, y también un tam-tam. La editorial Jurgenson publicó primero la versión para piano a cuatro manos, en noviembre de 1893. La partitura y las particellas llegaron en febrero de 1894, y desde entonces la obra no ha dejado de tocarse.
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Cuando miro hacia atrás, veo que esta sinfonía nació de una sinfonía destruida y de un programa que nunca expliqué a nadie. Se estrenó en San Petersburgo en octubre de 1893, y yo mismo noté cierta perplejidad entre el público, aunque me sentía orgulloso de lo que había escrito. Quizá ese misterio sea lo que mantiene viva la obra, porque cada oyente puede ponerle su propia historia. ¿Te ha gustado conocer la historia que hay detrás de mi Symphony No 6? Ojalá ahora la escuches con otros oídos, atento a ese final lento que se apaga poco a poco. Todavía quedan muchos aspectos de esta sinfonía por descubrir, desde los detalles de cada movimiento hasta las distintas maneras de interpretarla. Si te apetece seguir explorando, haz clic en los enlaces que tienes a tu disposición y sigue adentrándote en la Symphony No 6. Yo te espero en la próxima escucha.