Tormenta de teclas en la Appassionata de Beethoven
Entre bastidores

Piano Sonata No. 23 in F minor, Op. 57 ("Appassionata")

Beethoven cuenta lo que hay entre bastidores de Appassionata
Soy Beethoven, y esta es la historia que hay detrás de mi Appassionata. Vas a saber cómo una sonata que yo jamás llamé así acabó con ese nombre, que un editor le puso después de mi muerte. Cuando termines,  pásate por el entrenamiento , donde mis colegas compositores y yo te enseñamos a reconocer nuestras piezas en cuanto suenan.
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Un chico de Bonn con prisa por llegar a Viena

Yo vivía en Bonn, pero en noviembre de 1792 me mudé a Viena, y allí me quedé hasta el final de mi vida. Unos seis años después, hacia 1798, empecé a notar que el oído me fallaba. Para un músico eso es como si a un pintor se le nublara la vista poco a poco: no hay manera de contárselo a nadie sin que te entre el miedo. Con ese peso a cuestas llegué a los años de la Appassionata, que se suelen agrupar en mi periodo medio, el que va de 1802 a 1812.

Una carta que nunca mandé

En octubre de 1802, en Heiligenstadt, escribí una carta a mis hermanos en la que les hablaba de mi sordera y de mi desesperación. Nunca la envié, y eso dice bastante de lo difícil que me resultaba decir esas cosas en voz alta. Lo que no cabía en una carta salía por el piano, y de ahí viene buena parte de la fuerza de las obras de aquella época. Dos años más tarde empecé a trabajar en esta sonata, y si la escuchas con eso en la cabeza, notarás que suena a algo más que notas bien ordenadas.

Dos años de paciencia y de tachones

Trabajé en la sonata desde 1804 hasta la primera mitad de 1806, aunque según la fuente que consultes los años exactos cambian un poco. Los bocetos los terminé en 1805, así que a mitad de camino ya sabía bastante bien adónde quería llegar. Pero ya me conoces: tener la idea clara en el cuaderno no es lo mismo que tener la obra terminada. Seguí puliéndola hasta quedarme tranquilo, y la sonata se publicó en Viena en 1807.

Tres capítulos y ni un respiro de más

Una sonata se divide en movimientos, que son como los capítulos de un libro: cada uno tiene su propio carácter, pero todos cuentan la misma historia. El primero es el Allegro assai, rápido e inquieto, que termina en una coda larguísima con arpegios que parecen improvisados. El segundo, el Andante con moto, es el capítulo donde por fin puedes respirar, y el tercero, Allegro ma non troppo - Presto, se lanza a correr y acaba en un Presto final. Del segundo al tercero paso sin parar, como si cerrara un capítulo a media frase para que no tengas tiempo de recuperarte.

Un manuscrito con más borrones que un examen

El manuscrito original se conserva hoy en la Bibliothèque nationale de France, en París, y está lleno de tachaduras y correcciones. Se nota que la sonata no me salió a la primera, y que pensé, taché y volví a pensar muchas veces. En algún momento fue propiedad de la pianista Marie Bigot, lo cual demuestra que la gente ya valoraba esas páginas. Si te gusta imaginar a los compositores esperando sentados a que les caiga la inspiración del cielo, este papel te lo desmonta con mucho cariño.

La tormenta que quizá mojó la partitura

En ese mismo manuscrito se ven manchas de agua, y de ellas nace una historia muy conocida. Cuenta la leyenda que se empapó en una tormenta en Silesia, en septiembre de 1806, cuando me marché del castillo del príncipe Lichnowsky. Nadie sabe si fue exactamente así; lo único seguro es que las manchas están ahí y que encajan con el relato. Es una anécdota estupenda para una sonata tan tormentosa, y precisamente por eso conviene contarla con cautela.

Un apodo que yo nunca elegí

Te confieso que yo jamás llamé Appassionata a esta sonata. El nombre apareció en 1838, en una versión a cuatro manos publicada por Cranz en Hamburgo, once años después de mi muerte. En la partitura ni siquiera aparece la palabra «appassionato», aunque en el manuscrito se lee un «La Passionata» cuyo autor no está claro. Es como si te pusieran un mote cuando ya has dejado el colegio, y encima te quedara tan bien que nadie volviera a cambiarlo.

Para un amigo que tocaba el violonchelo

Dediqué la sonata a Franz Graf Brunsvik de Korompa, un buen amigo mío que tocaba el violonchelo. Resulta curioso que regalara una obra para piano solo a un chelista, aunque a los amigos uno les dedica lo que tiene entre manos. La primera edición salió en Viena, de la mano de la editorial Bureau des Arts et d'Industrie. Así, con un amigo contento y una editorial a punto, la sonata echó a andar por el mundo.

Una de las grandes de mi etapa media

Hoy se la cuenta junto a la Waldstein y Les Adieux entre las grandes sonatas de mi periodo medio. Es de las más exigentes técnicamente de todas las que escribí, y el pianista que se atreve con ella lo descubre desde la primera página. Aun así, una interpretación dura solo entre 23 y 27 minutos, según quien la toque. Es poco tiempo para tanta tormenta, algo parecido a una película corta que te deja agotado al salir del cine.

Mi favorita, según dicen

Hay un autor que sostiene que fue mi sonata preferida hasta que escribí la Op. 106, aunque no hay manera de comprobarlo. Yo prefiero no elegir entre mis obras, igual que nadie elige de verdad entre sus hijos. Lo que sí puedo asegurarte es que el final no consuela a nadie: termina con arpegios que descienden en fa menor. Así que quédate con esa última imagen y escúchala con calma, porque se queda contigo un buen rato.
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Y hasta aquí llega la historia que hay detrás de la Appassionata. ¿Te ha gustado conocer cómo nació esta sonata? Yo la fui trabajando durante años, entre borrones y correcciones que todavía se ven en el manuscrito, y quizá por eso me parece una obra tan humana. Aun así, la Appassionata guarda mucho más de lo que hemos podido contar aquí. Todavía te quedan por descubrir detalles del primer movimiento, de las variaciones del segundo y de esa carrera final que no te suelta hasta la última nota. Y hay un detalle que quizá te sorprenda: el nombre con el que hoy se la conoce no lo elegí yo, sino que lo añadió un editor mucho después. Te invito a pulsar en los enlaces que tienes en esta página para seguir explorando la Appassionata. Escúchala con calma, y fíjate en cómo cambia cada vez que vuelves a ella.