Coro incluido en la Symphony No 9 de Beethoven
Entre bastidores

Symphony No. 9 in D minor, Op. 125 ("Choral")

Beethoven cuenta lo que hay entre bastidores de Symphony No 9
Soy Beethoven, y esta es la historia que hay detrás de mi Symphony No 9. Vas a seguir el camino que va de mis primeros esbozos en 1815 al estreno en Viena en 1824, y después la escucharás sabiendo cuánto costó. Si quieres aprender a reconocer nuestras piezas en cuanto suenan, en esta web mis colegas compositores y yo te lo enseñamos, así que  pásate por el entrenamiento .
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Una carta con dos sinfonías por encargo

Todo empieza con un encargo: el 9 de junio de 1817 Ferdinand Ries me escribe en nombre de la Philharmonic Society of London y me pide dos grandes sinfonías que se quedarían como propiedad de la sociedad. Yo nunca he sabido trabajar con prisas, y la respuesta tardó mucho más de lo que nadie esperaba. Al final solo terminé una, la Novena, y parte del material pensado para la segunda acabó dentro de ella. Llegué a esbozar también una décima como compañera, pero se quedó en apuntes, así que es la sinfonía que nunca nació.

Un poema que no me dejaba en paz

Friedrich Schiller escribió «An die Freude» en 1785, y yo ya había intentado ponerle música varias veces antes de la Novena. Aquellos intentos quedaron atrás, y el poema siguió esperando su momento. Mis primeros bocetos de esta sinfonía son de 1815, mucho antes de que ese momento llegara. Digamos que la melodía y yo necesitamos años para entendernos, como dos testarudos que acaban siendo buenos amigos.

Entre enfermedades, pleitos y facturas

Terminar la obra no fue fácil, porque la enfermedad, la disputa por la tutela de mi sobrino Karl y las preocupaciones de dinero me hicieron parar una y otra vez. No retomé el trabajo en serio hasta el otoño de 1822. Lo acabé a principios de 1824, y según la fuente que consultes fue en febrero o en marzo. Todo esto con unos oídos que llevaban fallando desde alrededor de 1798, así que a esas alturas ya oía muy poco.

Un menú de cuatro platos

Una sinfonía se reparte en movimientos, que son como los platos de una comida larga: cada uno tiene su propio carácter y entre uno y otro se hace una pausa para respirar. El primero, el Allegro ma non troppo, es el plato fuerte que marca el tono de la comida, y el segundo es el scherzo, bastante más rápido y movido. El tercero, el Adagio, es la sobremesa tranquila, lenta y cantable, en la que dos melodías van cambiando de ropa una y otra vez. Y el cuarto, el final, es el banquete en el que por fin se sienta todo el mundo a la mesa, con la orquesta, los solistas y el coro cantando juntos.

Un barítono que corta la fiesta

El final arranca con un caos, y enseguida los instrumentos graves de cuerda recuerdan los movimientos anteriores uno por uno para dejarlos de lado. Entonces entra el barítono con unas palabras que no son de Schiller, sino mías: «O Freunde, nicht diese Töne!». Es como si parara la música a mitad de la fiesta para decir que la verdadera fiesta es otra. A continuación los violonchelos y los contrabajos presentan el tema de la alegría muy bajito, y tres variaciones instrumentales lo van haciendo crecer.

La orquesta más grande que tuve

Para la Novena reuní la orquesta más grande que utilicé en toda mi vida. Antes de ella ninguna sinfonía había incluido una voz humana, y yo añadí un cuarteto de solistas y un coro entero. Sumé también flautín, contrafagot, triángulo, bombo y platillos, y el bombo con los platillos recuerda a la música turca en la variación de marcha, en si bemol mayor. Una voz humana en una sinfonía era algo muy poco habitual en aquella época.

Un estreno con el compositor de adorno

La Novena se estrenó el 7 de mayo de 1824 en el Kärntnertor Theater de Viena. Dirigió Michael Umlauf, y yo estaba de pie en el escenario sin poder oír nada. Los solistas fueron Henriette Sontag, soprano, Caroline Unger, alto, Anton Haizinger, tenor, y Joseph Seipelt, bajo. Sontag tenía 18 años y Unger 20, de modo que dos mujeres jovencísimas se enfrentaron a una partitura gigantesca.

El aplauso que no oí

Hay una historia famosa sobre el final de aquel concierto, aunque no todas las fuentes la cuentan igual. Dicen que, como yo no oía ni la orquesta ni los aplausos, Caroline Unger me hizo girar para que viera al público. Según se cuenta, la gente se puso en pie cinco veces y agitó sombreros y pañuelos. Si es verdad, fue la ovación más silenciosa de la historia, porque yo solo pude verla.

Un rey, una editorial y una vuelta por Londres

Dediqué la sinfonía al rey Friedrich Wilhelm III de Prusia, y las primeras ediciones, las partes y la partitura, las publicó Schott. Londres la escuchó por primera vez el 21 de marzo de 1825, bajo la dirección de George Smart, menos de un año después del estreno en Viena. La ciudad que había empezado todo con aquella carta de 1817 tuvo por fin la sinfonía en sus salas. Yo morí el 26 de marzo de 1827 en Viena, casi tres años después de aquel estreno.

De la partitura a himno europeo

El 12 de enero de 1972 el Consejo de Europa adoptó la melodía de la Oda a la alegría como su himno, en un arreglo instrumental de Herbert von Karajan. En junio de 1985 los jefes de Estado o de Gobierno eligieron ese mismo himno para la Comunidad Europea, y se adoptó oficialmente el 29 de mayo de 1986 en una ceremonia en Bruselas. Es curioso que se haya quedado como himno sin letra, porque una melodía sin palabras se entiende en cualquier idioma. Mi partitura autógrafa, además, entró en 2001 en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO.
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Hasta aquí llega la historia que hay detrás de mi Symphony No 9, y me gustaría saber si has disfrutado conociéndola. Es curioso pensar que todo empezó con una carta desde Londres y terminó en una sala de Viena donde yo no podía oír ni los aplausos. Y sin embargo, la música llegó a quien tenía que llegar, y sigue llegando hoy a gente que nunca ha pisado un teatro de ópera. Quizá eso es lo que más me emociona de esta sinfonía: que una melodía sencilla, que se canta casi sin esfuerzo, acabara convirtiéndose en algo que pertenece a muchísima gente. Aun así, todavía quedan muchas cosas por descubrir en esta obra. Te quedan por conocer el movimiento lento con sus dos temas que se transforman poco a poco, la marcha de aire turco dentro del final y la doble fuga que lo sigue. Si te apetece seguir explorando, haz clic en los enlaces que tienes aquí al lado y deja que la Symphony No 9 te enseñe el resto. Yo te espero en cada compás.