Del Nuevo Mundo con la Symphony No 9 de Dvořák
Entre bastidores

Symphony No. 9 in E minor, Op. 95 ("From the New World")

Dvořák cuenta lo que hay entre bastidores de Symphony No 9
Soy Dvořák, y esta es la historia de cómo nació mi Symphony No 9. Te cuento cómo la escribí en Nueva York y cómo fue el verano de 1893 que pasé después en Spillville, un pueblo de Iowa donde se hablaba checo. Aquí, en esta web, mis colegas y yo te enseñamos a reconocer nuestras obras en cuanto suenan, así que  entra en el entrenamiento  y pruébalo.
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Un director de conservatorio lejos de casa

Cuando escribí esta sinfonía vivía en Nueva York, donde dirigía el National Conservatory of Music of America entre 1892 y 1895. Empecé a esbozarla en las últimas semanas de 1892 y la terminé en mayo de 1893. Quien diga que la compuse en Bohemia se equivoca, porque la escribí en una ciudad enorme, ruidosa y llena de ideas nuevas. Entre clases y obligaciones, buscaba huecos para la música como quien hace un segundo trabajo por las noches.

Un número que cambió de sitio

Hoy la llamas Symphony No 9, pero en las primeras ediciones y en muchas grabaciones antiguas aparece como la número 5. Se publicó por primera vez con ese número, y esa costumbre se quedó en discos y libros de otra época. El subtítulo, From the New World, nunca se movió, y dice con bastante claridad desde dónde la escribí. Así que, si ves un disco viejo con un cinco en la portada, no es otra obra, sino la misma de siempre con otro número, como un vecino que cambia de portal.

Un alumno que me dio la lección al revés

Entre mis alumnos del conservatorio estaba Harry T. Burleigh, un cantante negro que me presentó los espirituales. Aquellas canciones eran nuevas para mí, y las escuché con la atención de quien descubre un paisaje que no conocía. Se cuenta que cambié el solo del Largo de clarinete a corno inglés por la voz de Burleigh, pero eso se ha contado más de lo que se ha documentado. Sea como sea, lo que sí es seguro es que fue Burleigh quien me presentó los espirituales.

Un consejo que hizo bastante ruido

En mayo de 1893 animé a los compositores americanos a apoyarse en la música afroamericana, y dije que la música del futuro en aquel país debía fundarse en esas melodías. También señalé que la escala pentatónica, que usa cinco notas en lugar de siete, aparece en esas tradiciones y en la música de Escocia. Eso sí, no usé melodías auténticas de los nativos americanos, sino que inventé temas propios que recogen su carácter. Es como pintar un paisaje de memoria: no te llevas la montaña a casa, pero se reconoce.

Un verano en Iowa, pero con acento checo

En el verano de 1893 me fui a Spillville, en Iowa, justo después de terminar la sinfonía. Allí vivían unos 350 habitantes que hablaban sobre todo checo, con sus servicios religiosos en checo y su propia escuela, y yo mismo lo escribí así: «Es un asentamiento checo». Después del bullicio de Nueva York, oír mi idioma en mitad de América me sentó como un té caliente en un día de frío. Fue un descanso muy bien merecido, y de esos que se disfrutan sin mirar el reloj.

Cuatro platos y ninguno aburrido

Una sinfonía se divide en movimientos, que son como los platos de una comida larga: cada uno tiene su carácter y entre uno y otro se hace una pausa para respirar. El primero va de un Adagio, que es lento, a un Allegro molto, rápido y enérgico, y el segundo es un Largo, el plato más tranquilo de toda la mesa. El tercero es un Scherzo, Molto vivace, ligero y saltarín, que te despierta el apetito justo cuando hacía falta. El cuarto, Allegro con fuoco, es el final con fuego, y como en las buenas comidas, te deja con ganas de repetir.

Un poeta americano en mi atril

Yo mismo describí el Largo como un boceto, un estudio para una obra posterior basada en The Song of Hiawatha, el poema de Longfellow. El Scherzo lo sugirió la escena de la fiesta de ese mismo poema, en la que los nativos bailan. Se nota en la música, porque ese ritmo no se queda quieto ni un momento y suena como un baile que se anima cada vez que llega más gente. Así que esta sinfonía guarda también ideas que miraban hacia otra obra.

El final, donde todos vuelven a la fiesta

En el último movimiento hago algo que me gusta mucho: traigo de vuelta temas de los movimientos anteriores, y por eso se dice que la sinfonía es cíclica. Es como cuando, al final de una cena, alguien repasa las anécdotas de la noche y todos se ríen otra vez. La música crece hasta un tema de seis notas que sube y baja, y un clarinete trae la segunda melodía. El movimiento arranca en mi menor, pero la sinfonía termina en mi mayor, y ese cambio hace que el final suene a luz.

Tres invitados que solo vienen una vez

En mi orquesta hay instrumentos que tocan casi todo el rato y otros que aparecen en un único movimiento. La tuba solo suena en el segundo, el triángulo únicamente en el tercero y los platillos solo en el cuarto. A quien le toca el triángulo le toca esperar buena parte de la sinfonía hasta que llega su momento. Por eso, cuando entran, su color nuevo se nota muchísimo, como una voz distinta en medio de una conversación.

De Carnegie Hall a la Luna

El estreno lo dirigió Anton Seidl con la New York Philharmonic, y yo me levanté a saludar al público. El 30 de diciembre de 1893 la tocó la Boston Symphony Orchestra con Emil Paur, y en junio de 1894 llegó a Europa de la mano de la London Philharmonic Society. Una interpretación suele durar unos 40 minutos, que se pasan más rápido de lo que parece. En 1969 Neil Armstrong llevó una grabación a la Luna en el Apolo 11, así que mi música ha viajado bastante más lejos que yo.
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Cuando miro atrás, me sigue asombrando lo lejos que ha llegado una sinfonía que escribí a miles de kilómetros de mi casa. En 1969 Neil Armstrong se llevó una grabación de ella a la Luna en el Apolo 11, y confieso que nunca imaginé que mi música saldría algún día del planeta. Pienso a menudo en aquellos meses en Nueva York y en el verano en Spillville, porque allí me di cuenta de que se puede escribir música nueva sin olvidar de dónde viene uno. ¿Te ha gustado conocer la historia de mi Symphony No 9? Si te has quedado con ganas de más, te adelanto que aún quedan muchas cosas por descubrir en ella. Puedes fijarte, por ejemplo, en cómo el último movimiento va recuperando temas de los anteriores, como quien repasa un álbum de recuerdos antes de despedirse. Te invito a hacer clic en los enlaces que encontrarás en esta página para seguir explorando mi Symphony No 9 a tu ritmo. Escúchala con calma, y si algún pasaje te suena de algo, quédate con esa sensación, que seguramente es el mejor punto de partida.